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El agua sobre el mantel

La culpa recorta una escena y la separa de la historia: hace que un gesto de impaciencia pese más que cientos de abrazos, que diez minutos de demora borren años de desvelos. Los niños no miran así. Ellos crecen dentro de una continuidad, y esa continuidad tiene una manera extraña de quedar inscrita en las cosas: en los manteles que han recibido café, lágrimas, velas de cumpleaños y agua derramada, esos objetos son casi un archivo familiar.

¿Quién dijo que tenías que saber cómo ser mamá?

La exigencia da una sensación de control, pero muchas veces nos desconecta de aquello que más se necesita para acompañar: la posibilidad de percibir, esperar y encontrarse con el hijo real. La intuición no aparece al saberlo todo, sino cuando el ruido baja lo suficiente para volver a mirar.