Cuando un niño pregunta por la muerte

Muchas veces, detrás de la pregunta, no hay solo curiosidad. Hay un intento de acercarse al miedo sin quedarse completamente solo con él.

Ilustración: Wolf Erlbruch

Hay un momento en la infancia en que la muerte aparece por primera vez. Puede llegar cuando muere una mascota. Después de escuchar hablar de un abuelo. Al ver una película. O en ese instante en que descubren, de golpe, que las personas no están para siempre. Entonces preguntan.

“¿Te vas a morir?”
“¿Yo me voy a morir?”
“¿Qué pasa cuando alguien se muere?”
“¿Y si tú te mueres mientras estoy en la escuela?”

Esas preguntas toman por sorpresa a los adultos. Queremos responder bien. No asustarlos. Encontrar la frase correcta. Quitarles el miedo rápido. Pero la mayoría de las veces, los niños no están buscando una explicación perfecta.

Están intentando acercarse a algo enorme:
la posibilidad de perder,
la fragilidad del cuerpo,
la idea de que el tiempo existe,
de que amar a alguien también implica que podría no estar un día.

Eso no se piensa de golpe. Por eso muchos niños preguntan lo mismo muchas veces. No es que no hayan entendido la respuesta. Si no que están tratando de tramitar aquello que descubrieron.

La pregunta vuelve porque el psiquismo necesita rodear lentamente lo que resulta demasiado grande.

Algunos niños preguntan riéndose. Otros se angustian antes de dormir. Otros hacen preguntas aparentemente extrañas:
“¿en el cielo hay baños?”
“¿los muertos sienten frío?”
“¿puedo morirme mientras duermo?”

La infancia suele pensar con imágenes concretas. Con escenas. Con el cuerpo.
Basta con devolver la pregunta para entender desde dónde viene:
“¿En qué estabas pensando cuando me preguntaste eso?”

Otras veces ayuda poder decir algo verdadero y sencillo:
Es una pregunta grande.”
“A mí también me da tristeza o misterio a veces.”
“Pero aquí estoy contigo.”

Lo que calma no es una explicación complicada, sino sentir que mamá puede quedarse ahí sin asustarse de la pregunta. Hay niños que dejan de preguntar porque perciben que el tema angustia demasiado a los adultos. Entonces el miedo no desaparece. Solo queda escondido.

Hablar de la muerte con un niño no es decirlo todo ni tener todas las respuestas. Es abrir un espacio donde la pregunta pueda existir.

Porque cuando un niño pregunta por la muerte, muchas veces también está preguntando otra cosa: si seguirá habiendo alguien cerca cuando aparezca el miedo.

Y a veces, acompañar es justamente poder quedarse, aunque no exista una respuesta mágica capaz de borrar la angustia.


Descubre más desde Sostener la infancia

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario