Cuando un niño pierde a alguien

¿Cómo acompañar el duelo infantil?

Hay pérdidas que cambian el paisaje. Un abuelo que ya no está, una mascota que muere, una persona querida que de pronto deja de estar en el día a día. El mundo sigue, pero algo ya no está en su lugar. 

El niño la niña no siempre entienden del todo lo que ocurrió, aunque perciben la ausencia: el silencio distinto de la casa, los rostros
callados, el ambiente áspero…

A veces lo más desconcertante no es solo la ausencia, sino sentir que los adultos también están distintos. Más callados, más irritables, más lejos. El niño percibe que algo cambió en quienes lo sostienen, aunque nadie lo nombre.

La pérdida no se vive igual. El niño va y viene. En un momento pregunta por quien murió y al siguiente quiere jugar. No hay indiferencia, hay una manera infantil de tolerar el dolor a dosis.
El duelo en la infancia es intermitente. Se acerca y se aleja, regresa cuando uno menos lo espera.

A veces la pérdida aparece en el juego. Un muñeco que se va y no vuelve, una historia donde alguien desaparece. Los niños no siempre hablan directamente de lo que perdieron, pero lo trabajan a su modo. Lo rodean y lo ensayan, lo van acomodando despacio dentro de sí. 

Más que recibir grandes explicaciones, necesitan sentir que pueden preguntar, estar tristes y recordar sin que el mundo se rompa.

La pérdida introduce dos verdades a la vez. La primera, que no todo permanece. La segunda, que lo vivido deja huella. La relación con quien se fue se transforma, no desaparece del todo. 

Con el tiempo deja de ser herida abierta y se vuelve memoria. El niño aprende que el dolor no mata y que puede atravesar la ausencia sin perder del todo aquello que amó.


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