A veces la mentira no es una falta, sino una forma temprana de cuidar algo muy frágil: su lugar en el amor, su vergüenza, su pequeño mundo interior.

Hay momentos en que el niño dice algo que no ocurrió.
Niega lo evidente.
Cambia la historia.
Asegura que no fue él.
Y eso inquieta.
La mentira en la infancia asusta.
Parece una falla moral.
Un desvío temprano.
Pero mentir no siempre es lo que parece.
Para poder mentir, el niño ya descubrió algo importante:
que su mente es diferente de la mamá.
Que puede guardar algo para sí.
Que no todo está a la vista.
La mentira marca un paso en la construcción de la interioridad.
No es solo ocultamiento.
Es también el descubrimiento de un mundo propio.
A veces la mentira protege.
Protege del castigo.
Protege de la vergüenza.
Protege de perder el amor.
El niño no miente para lastimar ni aventajar.
Miente, muchas veces, para conservar el cariño.
Otras veces la mentira es juego.
Ensayo de posibilidades.
Exploración de lo que podría ser.
La imaginación todavía se mezcla con la realidad.
Y el límite entre ambas no está del todo firme.
Con el tiempo, algo se organiza.
El niño empieza a tolerar mejor la frustración.
Puede asumir responsabilidad sin sentir que todo el amor está en riesgo.
Puede decir la verdad sin derrumbarse por dentro.
La mentira deja de ser necesaria cuando el lazo es lo suficientemente sólido.
Cuando el error no expulsa.
Cuando el límite no humilla.
Cuando la palabra puede sostener lo que ocurrió.
Mentir no convierte al niño en alguien malo.
Es un momento del crecimiento.
Una señal de que su mundo interno está tomando forma.
Y que ahora necesita aprender que puede existir, con sus errores, sin perder el lugar que ocupa en el amor.
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