En las primeras semanas, el tiempo se rompe. Lo que parece solo cansancio es también el inicio de algo.

Son las tres de la mañana, o las cinco, o las dos y media. Da lo mismo. El día y la noche dejan de ser la pauta y empieza otro tiempo, un tiempo hecho de intervalos. Una toma, otro cambio de pañal, un intento de volver a dormir, un sueño breve, y otra vez. Fragmentos, pequeñas unidades de vida que no terminan de encadenarse entre sí, como si la experiencia se viviera en pedazos.
¿Ya comió?, ¿cuánto durmió?, ¿es de día?, ¿toca despertar o seguir intentando? Las referencias fallan, el reloj ya no ordena. Y el calendario, ¿cuál? ¿El de los saltos y las regresiones? Los días se parecen unos a otros, en una repetición que no avanza, como si el tiempo no transcurriera sino que girara. Eso puede angustiar.
El bebé no sabe de horas, ni de rutinas, ni de agendas. Su experiencia es otra: hambre, satisfacción, malestar, alivio. Estados que aparecen y desaparecen. Cada necesidad es absoluta y cada espera es larga. No hay luego, todo es ahora. Quien cuida entra en esa lógica. Aparece un tiempo más primitivo, más cercano al cuerpo, un tiempo que no se puede pensar, que se vive.
El cansancio es físico, y es también mental. Sostener una experiencia sin principio ni fin, ahorca. Y al mismo tiempo transforma. Quien cuida empieza a afinar una sensibilidad distinta, aprende a anticipar, a reconocer señales mínimas, a distinguir matices en el llanto, en el movimiento, en la respiración. Se construye una forma de saber y se gestan ritmos.
Eso no aminora la dificultad. Hay noches largas, días que no terminan, momentos en los que deseas que el tiempo avance. Y un día duerme un poco más, está más despierto, se queda en calma viendo la luz de la ventana. El tiempo se rearma. No vuelve a ser el mismo, pero deja de estar quebrado.
El comienzo de la vida exige otras temporalidades, otras disposiciones. Todo se desordena para poder fundar algo. Entre despertares, llantos y tomas, se teje una vida. Y con el tiempo, eso que hoy parece solo cansancio también se vuelve historia.
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