Cambiar de ciudad, para un niño, es perder un mundo que organizaba su día y su forma de estar. A veces lo que no se nombra aparece en el sueño, en el humor, en la inquietud. Acompañar una mudanza no es apresurar la adaptación, sino hacer lugar al duelo, sostener lo que se rompe y ayudar a que algo de lo anterior pueda seguir viviendo en la nueva vida.