¿Quién dijo que tenías que saber cómo ser mamá?

La crianza empieza a cambiar cuando dejamos de intentar hacerlo perfecto y volvemos a escuchar lo que ocurre entre nuestro hijo y nosotras mismas.

Hay un momento en la maternidad y la crianza que no aparece en los manuales. El instante en que agotada de intentar “hacerlo bien”, descubres que saberlo todo no sólo es imposible… sino innecesario.

La exigencia es una voz que aprieta el pecho, exige control, perfección y recetas que nunca alcanzan.

En realidad hace algo más silencioso y devastador: apaga la intuición. Esa brújula interna que no habla con palabras, sino con piel, ritmo, memoria corporal, y un saber antiguo que emerge sólo cuando el ruido baja.

La intuición no nace del saber técnico. Nace del encuentro. Aparece cuando dejamos de exigirnos respuestas instantáneas y permitimos que la pregunta se pose en nosotros un segundo más.

Aparece cuando soltamos la idea de que un niño debe ser entendido a la primera. Aparece cuando aceptamos que hay llantos que no se “resuelven”, sino que se atraviesan acompañados.

Aparece cuando dejamos de mirar al crío como un problema y lo reconocemos como un territorio vivo, en proceso, en construcción.

La intuición florece cuando la culpa retrocede. Porque una mamá culpable se desconecta: se mira a sí misma, a su supuesta falla.

Pero una mamá sostenida puede volver a mirar a su hija, a su gesto, a su cuerpo, a su respiración… y allí encuentra la pista que buscaba.

La intuición nace cuando dejamos de correr detrás de la perfección y recuperamos el tiempo humano de la crianza: ese tiempo que no es cronológico, sino afectivo.

Donde un segundo basta para percibir el temblor de una mejilla, el brillo de una angustia, el inicio de un desborde. Donde se puede improvisar, no porque sepamos qué hacer, sino porque estamos presentes.

Así como el bebé aprende del ritmo de mamá, la mamá aprende del ritmo del bebé. Es un diálogo. No una evaluación.

La intuición es un modo de escuchar lo que el bebé no puede decir aún: su necesidad de calma, de pausa, de mirada, de límite, de contención. Y, a veces, de espacio. Pero para escuchar eso, primero necesitamos bajar la exigencia.

Ese mandato social de ser infalibles, de no equivocarnos, de responder como expertas a cada señal. La verdad es otra: los hijos no necesitan expertos, necesitan presencia.

Necesitan una persona que se acerque sin miedo a cometer errores, que pueda reparar, pedir perdón, ajustar, intentar de nuevo. Una persona que no se asusta de no saber, porque sabe esperar.

Porque la intuición aparece cuando la vida interna se descomprime. Cuando la mente deja de estar en modo supervivencia. Cuando el cuerpo puede volver a sentir. Cuando una madre, un padre, un cuidador, se permite decir: “No sé, pero estoy aquí.”

Y eso basta para abrir el espacio donde ocurre lo esencial: el encuentro, el sostén, la construcción de un vínculo que no necesita recetas para ser verdadero.

No tienes que saberlo todo. Soltar la exigencia no te hace menos cuidadora, menos padre, menos madre. Al contrario, te hace más disponible. Más permeable. Más capaz de ver y de escuchar lo que tu hija ya te está mostrando.

Porque la intuición no se aprende: se revela cuando dejamos de exigirnos ser perfectas.


Descubre más desde Sostener la infancia

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario