¿Niño acelerado o mundo acelerado?

Entre pantallas, estímulos y agendas llenas, ¿qué lugar queda para el aburrimiento y el juego?

—Mi mamá dice que no me puedo quedar quieto.

Mientras hablaba movía las piezas del juego sin parar. Un coche chocaba contra otro, un muñeco caía, el otro se levantaba.

—¿Qué pasa si te quedas quieto? —le pregunté.

Se quedó pensando un momento.

—Me aburro.

Durante unos segundos no pasó nada. Después tomó otro coche y volvió a hacerlo chocar.

El aburrimiento se ha vuelto una experiencia cada vez más rara en la infancia. Vivimos en un mundo que tolera cada vez menos el vacío: pantallas encendidas, notificaciones, videos, juegos, conversaciones que empiezan y se interrumpen. Siempre algo, siempre más.

En “Niñ@s hiper. Infancias hiperactivas, hipersexualizadas, hiperconectadas” José Ramón Ubieto y Marino Pérez Álvarez describen esta transformación con una expresión precisa: vivimos bajo un «régimen de lo híper», una cultura atravesada por la aceleración, la hiperconexión y la exigencia permanente.

Quizá el problema no sea solo que existan niños hiperactivos: quizá vivimos en un mundo hiper, hiperproductivo, hiperexigente, hiperconectado, hiperacelerado. Y los niños, como suele ocurrir, son los primeros cuerpos en registrar ese ritmo.

La lógica del «me gusta»

La infancia de hoy está atravesada por una presencia constante: el otro digital, un interlocutor siempre disponible, un espacio de reconocimiento inmediato, un lugar donde todo puede medirse con un gesto mínimo, un «me gusta».

Ubieto y Pérez Álvarez advierten que esta hiperconexión transforma profundamente la experiencia infantil: la conexión permanente puede ir empobreciendo los marcos simbólicos que permiten elaborar la angustia. Cuando cada instante está ocupado por estímulos, algo se pierde: el tiempo en que una experiencia puede ser hablada, pensada o jugada.

Hace poco otro niño me dijo algo parecido mientras dibujaba.

—Cuando me aburro agarro el iPad.

—¿Y qué pasa si no lo agarras?

Pensó un momento.

—No sé… 

El cuerpo que no se detiene

En la clínica esto aparece muchas veces como movimiento: niños que corren, niños que interrumpen, niños que no logran quedarse quietos. La lectura más rápida suele ser diagnóstica: hiperactividad, TDAH, trastorno de regulación.

Pero Ubieto y Pérez Álvarez advierten que vivimos también en una cultura que tiende a simplificar la infancia mediante etiquetas rápidas. Hablan incluso de una «mcdonalización de la infancia», un proceso en el que conductas complejas se traducen rápidamente en diagnósticos y tratamientos estandarizados. El circuito se vuelve familiar: conducta infantil difícil, diagnóstico, medicación.

Sin embargo, cuando se escucha a los niños más de cerca, el movimiento empieza a decir otras cosas. A veces el cuerpo corre porque hay demasiada excitación alrededor; a veces se mueve porque busca un límite que no aparece; a veces se agita porque necesita ser visto. Y a veces, esto ocurre más de lo que imaginamos, el movimiento protege del encuentro con algo más silencioso: el vacío.

El lugar del juego

Freud lo sabía bien: el juego no es solo diversión, es trabajo psíquico. Los niños juegan para representar aquello que todavía no pueden pensar. En el juego aparece lo que aún no tiene palabras: la muerte, la sexualidad, la angustia, la soledad.

Por eso, cuando el tiempo de juego desaparece, sustituido por agendas saturadas o por conexión permanente, algo se empobrece: se pierde uno de los dispositivos más importantes de elaboración psíquica de la infancia.

En el fondo del libro aparece una pregunta inquietante: ¿por qué queremos liquidar la infancia? Quizá porque, sin darnos cuenta, proyectamos sobre los niños nuestro propio modo de vivir. Queremos que sean visibles, productivos, creativos, evaluables: niños que funcionen bien en el mundo que hemos construido. Pero la infancia nunca ha funcionado así. La infancia necesita tiempo para perder el tiempo, tiempo para aburrirse, tiempo para jugar, porque es justamente en esos espacios, los menos productivos, los menos visibles, donde comienza a organizarse la vida psíquica.

Tal vez por eso algunos niños no se detienen, corren, saltan, interrumpen, y los adultos decimos que no pueden quedarse quietos. Pero conviene preguntarse otra cosa: en un mundo que no tolera el silencio, la espera ni el aburrimiento, ¿quién podría hacerlo?

Tal vez el niño inquieto no esté fallando: tal vez su cuerpo esté diciendo algo que todavía no sabemos escuchar, intentando defender algo que todavía no sabemos nombrar, el derecho de la infancia a un tiempo distinto.


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