El agua sobre el mantel

El vaso se inclina. Nadie alcanza a detenerlo. El agua corre sobre la mesa, rodea el plato, moja el pan, llega hasta el borde del mantel. Juli se queda inmóvil. No intenta recoger el vaso. No limpia el agua. Levanta la cabeza y busca el rostro de mamá.

Hay un instante extraño antes de que alguien haga algo. Un instante en el que el agua sigue avanzando y el tiempo parece haberse detenido.

La madre se levanta, toma un trapo, seca la mesa, cambia el vaso de lugar. Quizá suspira. Quizá sonríe. Quizá está cansada y pierde un poco la paciencia. En cualquier caso, la comida continúa.

Pienso que una parte de la infancia transcurre ahí. En el agua derramada y en lo que ocurre después.

Winnicott escribió que un niño no necesita una madre perfecta, sino una madre suficientemente buena. Con frecuencia esa frase se entiende como un consuelo para madres agotadas. Cada vez pienso más que es una idea sobre la condición humana. Lo que sostiene una relación no es la ausencia de errores, es la posibilidad de seguir ahí después de ellos.

Por eso, años más tarde, tantas madres llegan al consultorio diciendo casi en un susurro:

—Creo que la regué.

Hablan de un grito, de una tarde en que el trabajo las hizo llegar demasiado tarde, de una noche en la que ya no tuvieron fuerzas para leer otro cuento, de unos minutos en los que el llanto del bebé tuvo que esperar. Mientras las escucho tengo la impresión de que ellas miran su maternidad como si miraran una fotografía. Un solo instante.

La culpa hace eso. Recorta una escena y la separa de la historia. Hace que un gesto de impaciencia pese más que cientos de abrazos. Que diez minutos de demora parezcan borrar años de desvelos. Convierte un momento en una identidad.

La culpa cuenta las historias como si no hubiera pasado nada antes. Los niños, no. Ellos crecen dentro de una continuidad.

La mamá que tarda unos minutos en entrar al cuarto es también quien estuvo despierta el día de ayer y quien aprendió a distinguir sus distintos llantos. Es la que sostuvo sus primeros pasos, la que volvió cada tarde, la que cantó la misma canción una y otra vez hasta quedarse dormida antes que ellos.

Ningún niño construye una madre a partir de un instante. La construye a partir de una historia. Y las historias tienen una extraña manera de quedar inscritas en las cosas. Pienso en los manteles de las casas, regados de café, sopa, migajas, velas de cumpleaños, tareas escolares, plastilina, lágrimas, flores, agua, vino. Sobre ellos alguien aprendió a escribir su nombre. Alguien anunció un embarazo. Alguien lloró una muerte. Alguien celebró un cumpleaños. Alguien pidió perdón.

Un mantel familiar es casi un archivo.
No tiene por qué estar ahí impecablemente limpio, porque soporta la vida.

Tal vez por eso nadie miraría un mantel querido fijándose únicamente en una mancha de agua de jamaica. Esa mancha está ahí, pero convive con todas las demás huellas que el tiempo ha ido dejando. No es solo un accidente, habla de una mesa alrededor de la cual una familia ha vivido.

Los vínculos se parecen más a esos manteles, conservan marcas, atraviesan silencios, desencuentros, cansancios, palabras dichas demasiado rápido. Eso era lo que Juli buscaba en el rostro de su madre mientras el agua seguía extendiéndose sobre la mesa. No quería saber qué pasaría con el mantel, quería saber qué pasaría entre ellas.

Y quizá esa siga siendo, muchos años después, una de las preguntas más profundas de nuestra existencia. No si alguna vez vamos a fallar. Sino si habrá un lugar donde nuestra historia sea siempre más grande que nuestro peor momento.


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