La culpa recorta una escena y la separa de la historia: hace que un gesto de impaciencia pese más que cientos de abrazos, que diez minutos de demora borren años de desvelos. Los niños no miran así. Ellos crecen dentro de una continuidad, y esa continuidad tiene una manera extraña de quedar inscrita en las cosas: en los manteles que han recibido café, lágrimas, velas de cumpleaños y agua derramada, esos objetos son casi un archivo familiar.