Una reflexión sobre el tiempo que el cuidado necesita en un mundo apresurado.

—Lalo, ya es hora.
Aura lo dice una vez.
Luego otra.
Los tenis siguen junto a la puerta.
Pero hace unos minutos dejaron de ser unos tenis.
Ahora son un camión de bomberos.
Hay una ciudad incendiándose. Las llamas avanzan de una casa a otra. Una familia espera en el último piso. El puente principal está bloqueado. Todavía falta encontrar otra ruta.
¿Quién abandonaría una ciudad en llamas para sentarse dentro de un coche?
Aura mira el reloj.
Y deja de estar en la entrada de su casa.
Ya está en el tráfico. En el retardo que registrarán en la escuela. En la reunión que no puede mover. En los mensajes sin responder. En la comida. En todo lo que el resto del día ya le reclama.
Lalo también está apurado.
Solo que detrás de otra urgencia.
Aura da un paso hacia él. Está a punto de quitarle el camión de las manos, ponerle los tenis y terminar ella misma el incendio.
Se detiene.
Uno empieza la mañana debiéndole horas al resto del día. Antes de salir de casa, buena parte del tiempo ya tiene dueño. El trabajo, la escuela, el tráfico, las tareas pendientes y las pantallas se reparten las horas antes de que podamos habitarlas. Vivimos en una organización del tiempo donde casi todo llega con la forma de una urgencia.
Prisa es la forma de vida.
Algunas aprendimos muy pronto que demorarse inquietaba a los adultos. Que era mejor responder enseguida, vestirse deprisa, dejar de llorar pronto. Que si tardábamos demasiado nadie escucharía.
Con los años, esa voz deja de venir de afuera. Empieza a hablar desde dentro.
Un día ya completamos la frase antes de que el otro la encuentre. Ponemos la última pieza del rompecabezas. Respondemos la pregunta que todavía estaba buscando sus palabras. Apagamos incendios que no son nuestros.
Permanecer ahí unos segundos más resulta demasiado difícil. Las condiciones en las que vivimos importan. Hay jornadas que apenas dejan margen para respirar.
Pensar el cuidado sin mirar esas condiciones termina convirtiéndolo en una exigencia individual imposible. Pero tampoco estamos completamente entregadas a ellas.
De vez en cuando alguien no se adelanta.
Una madre espera unos segundos más antes de poner unos tenis.
Un maestro deja que una respuesta tarde.
Un analista acompaña un silencio sin llenarlo enseguida.
Un amigo permanece junto a un duelo sin apresurar el consuelo.
Nada de eso elimina el tráfico, ni acorta la jornada de trabajo, ni cambia la velocidad con la que el mundo nos empuja.
Pero durante ese instante ocurre algo. El reloj deja de decidirlo todo. Le ganamos tantito al tiempo. Interrumpimos la maquinaria.
Quizá cuidar consista muchas veces en eso: abrir una pausa allí donde todo empuja a seguir de largo.
La sirena deja de sonar.
Lalo encuentra el camino.
Se sienta en el piso.
Se pone un tenis.
Después el otro.
—Ya
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