Criar a un niño nunca es una operación exacta. No existe la medida perfecta entre proteger y soltar, entre hablar y esperar, entre sostener y dejar crecer. El ser humano no vive guiado por el instinto, sino por el lenguaje, y eso hace la crianza un territorio incierto. Este texto propone pensar esa incertidumbre no como un fracaso, sino como parte de lo que hace posible acompañar la infancia con sensibilidad y presencia.