La crianza no es una receta que se aplica, sino un encuentro que se va inventando día a día entre quienes cuidan y quienes crecen.

Quien ha tenido un hijo o una hija lo descubre pronto: no existe un manual que alcance.
Antes del nacimiento solemos imaginar que sí. Leemos libros, escuchamos consejos, buscamos fórmulas. Queremos hacerlo bien, encontrar la proporción exacta: cuánto proteger, cuánto soltar, cuánto hablar, cuánto esperar.
Pero la crianza no tiene una receta ni medidas exactas.
Los animales nacen con un programa claro, saben cuándo alimentarse, cuándo separarse de sus crías, cuándo buscar pareja. Su mundo está organizado por el instinto.
El nuestro no.
Los seres humanos vivimos en el lenguaje. Y el lenguaje lo altera todo.
Un bebé humano no se alimenta solo de leche. También se alimenta de palabras, de miradas, de tonos de voz, de silencios. Desde el comienzo su vida está tejida con gestos que no son sólo biológicos: alguien lo nombra, lo espera, lo interpreta, le habla incluso antes de que pueda entender.
Por eso criar nunca es una operación calculada.
A veces hacemos demasiado.
A veces sentimos que damos poco.
A veces metemos la pata y nos culpamos.
Esa sensación de desproporción es lo humano.
Cada niño o niña llega al mundo de forma sorpresiva. Aunque sea profundamente deseado. Siempre resulta un poco distinto de lo imaginado: más intenso, más sensible, más inquieto, más callado, más curioso. Más de algo o menos de algo.
Nunca exactamente como lo habíamos vislumbrado.
Y también nosotras, el típico “cuando yo sea mamá jamás les voy a gritar”. Somos distintas de lo que pensábamos que seríamos.
Tal vez imaginábamos una paciencia infinita y un día nos descubrimos cansados.
Tal vez creíamos que sabríamos siempre qué hacer y de pronto aparece la duda.
Tal vez queríamos evitar errores y entendemos que la crianza también está hecha de pequeños tropiezos.
Nada de eso significa que algo esté fallando.
Significa que la crianza ocurre entre personas, no entre robots.
Maternar no consiste en hacerlo todo bien. Consiste más bien en algo más profundo: seguir intentando encontrarnos. Ajustar, volver a intentar, reparar, escuchar, aprender del niño que tenemos delante.
Criar es una conversación larga. Muy larga.
Nadie tiene la última palabra allí. Ni los expertos, ni los manuales, ni las redes sociales.
Cada familia inventa su propio modo de sostener la infancia.
Y tal vez esa sea una de las verdades más tranquilizadoras; no existe la crianza perfecta. Pero sí ha algo más valioso:
La posibilidad de acompañar a un niño o a una niña mientras descubre quién es.
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