Sostener en un país herido. Un 8M para hablar del cuidado.

En estos días cercanos al 8 de marzo el espacio público cambia. Hay marchas, conversaciones intensas, cifras que circulan, historias que duelen. Muchas madres, padres y personas cuidadoras se preguntan qué hacer con todo eso cuando hay niñas y niños en casa.
¿Cómo sostener la infancia en un país donde la violencia social es parte del paisaje?
¿Cómo proteger sin encerrar?
¿Cómo hablar sin asustar?
No es una pregunta menor.
Vivimos en un país herido. Eso es real. Las noticias sobre desapariciones, feminicidios y agresiones pueden colarse en la sobremesa, en la radio del coche, en el teléfono que vibra mientras una niña juega cerca. Y las infancias escuchan más de lo que creemos.
Proteger no es fingir que nada pasa.
Tampoco es contar todo de golpe.
Proteger es preguntarnos: ¿qué necesita mi niña, mi niño, para sentirse a salvo conmigo? qué necesita hoy para sentir estabilidad.
El 8M no tiene que convertirse en un relato aterrador para las infancias. Puede ser una oportunidad para hablar, de manera sencilla, de algo más fundamental: el respeto, el cuidado del propio cuerpo, la importancia de que nadie debe lastimar a nadie.
Las niñas y los niños no necesitan comprender la complejidad política de la violencia estructural. Necesitan saber que las personas adultas estamos atentas, que podemos protegerles, que si algo les incomoda o asusta pueden contarlo.
A veces creemos que proteger es blindar. Pero la infancia no se fortalece en el encierro absoluto, sino en la experiencia de un cuidado constante y confiable.
Eso implica decisiones cotidianas:
qué conversaciones se tienen frente a ellas y ellos,
qué imágenes se evitan,
qué palabras se usan cuando preguntan.
No se trata de mentir. Se trata de graduar.
En un país donde sabemos que existen riesgos reales y donde muchas veces las agresiones ocurren en entornos conocidos, el cuidado no puede basarse solo en el miedo. El miedo paraliza. El cuidado organiza.
Cuando una niña pregunta por qué marchamos o por qué hay mujeres marchando: “porque queremos que el mundo sea un lugar más seguro para todas y todos.” Esa frase ya transmite una idea poderosa.
La seguridad de la infancia empieza en el vínculo.
Una niña o un niño que se siente escuchado, tomado en cuenta, acompañado en sus emociones, desarrolla una base interna de confianza. Esa base no elimina los riesgos del mundo, pero sí le da recursos para enfrentarlo sin que el miedo se vuelva su organizador principal.
Sostener en un país herido no significa negar la herida. Significa no depositarla en la infancia.
El 8 de marzo puede recordarnos algo importante: la protección de la vida no es solo una consigna pública. También es una práctica cotidiana. Se juega en cómo hablamos, cómo escuchamos, en cómo reaccionamos cuando una niña dice “esto no me gusta” o un niño dice “esto me dio miedo”.
No podemos controlar todo lo que ocurre afuera. Pero sí podemos cuidar el modo en que ese afuera entra en casa.
Y en tiempos donde la violencia ocupa tanto espacio, ofrecer a las infancias un lugar donde su cuerpo y su palabra sean recibidos es también una forma de transformar.
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