Las pantallas son experiencias que el niño atraviesa con todo su cuerpo y su mundo emocional.

Las pantallas no son un enemigo,
pero tampoco son neutras.
Son objetos con un enorme poder de capturar, de sostener, de hipnotizar.
Y en la infancia, sobre todo en los primeros años,
ese poder interfiere allí donde el psiquismo más necesita ritmo humano,
tiempo interno,
experiencia viva.
Un niño no mira una pantalla:
queda atrapado en ella.
La pantalla sostiene, sí,
pero sostiene demasiado.
No falla,
no se distrae,
no se desborda,
no desintoniza.
Es un “objeto perfecto”,
y eso -paradójicamente- es lo que la vuelve psíquicamente peligrosa.
El niño necesita un otro imperfecto,
con pausas,
con matices,
con tono emocional variable.
La perfección de la pantalla inhibe la aparición del gesto espontáneo,
porque no ofrece un verdadero espacio intermedio:
no devuelve, no espejea, no acompasa.
Solo estimula.
Para Tustin, lo sensorial puro -sin mediación humana- puede convertirse en un refugio encapsulado.
La pantalla opera muchas veces como objeto-sensación:
un estímulo directo, brillante, autorreferencial, sin textura afectiva.
El bebé lo vive como un baño sensorial cerrado,
una coraza luminosa que lo protege del mundo externo…
pero también lo aísla.
El riesgo no es el contenido;
es la forma de la experiencia:
algo que cautiva pero no simboliza.
Bion diría que la pantalla introduce una cantidad de estímulos
que el niño no puede transformar en elementos alfa.
Son beta puro:
impacto sensorial sin elaboración.
La mente del bebé queda “llena”,
pero no tejida.
Saturada,
pero no organizada.
Activa,
pero no pensante.
Y el resultado se observa clínicamente:
– chiquitos que no juegan solos,
– niños que no toleran el aburrimiento,
– irritabilidad,
– dificultades de sueño,
– ansiedad ante la mínima desconexión.
No es trastorno:
es sobrecarga.
La pantalla no mira.
No reconoce.
No sostiene la subjetividad.
Solo emite.
Un niño puede pasar largos minutos frente a un estímulo que no lo reconoce.
Y esa experiencia -por acumulación-
modela un modo de estar en el mundo:
más excitado que vinculado,
más capturado que acompañado.
Muchos adultos usan pantallas no por comodidad,
sino por desesperación:
para calmar, para entretener, para ganar un respiro.
Y esa necesidad es legítima.
Nadie debería criar sin descanso.
Pero lo que la pantalla calma no es la angustia,
sino la expresión de la angustia.
La apaga sin metabolizarla.
El niño queda silencioso,
pero no contenido.
Lo que no se simboliza, retorna.
Retorna en sueño, en conducta, en irritabilidad, en desorganización.
Porque la pantalla calma el cuerpo,
pero no la emoción.
La pantalla sustituye:
– el aburrimiento (matriz del juego),
– la pausa (matriz del pensamiento),
– la mirada (matriz del yo),
– el ritmo compartido (matriz de la regulación afectiva).
Lo que no puede sustituir:
– la presencia humana,
– el error humano,
– la mirada que responde,
– el gesto que acompasa,
– la respiración que regula,
– la interacción que funda la subjetividad.
Entonces, ¿cuál es el verdadero riesgo?
No es que las pantallas “dañen” a los niños.
Es que pueden impedir procesos fundamentales
que solo se dan en relación con otro ser humano:
pensar,
soñar,
jugar,
esperar,
simbolizar,
crear,
existir para alguien.
Una pantalla entretiene,
pero no te devuelve a ti.
Un rostro sí.
¿Y la solución?
No es prohibir.
No es culpar.
No es satanizar.
Es equilibrar:
recuperar la pausa,
el juego libre,
el aburrimiento fértil,
el rostro vivo,
la palabra suave,
la mirada que responde,
la presencia imperfecta que sostiene.
Las pantallas no destruyen la subjetividad.
Pero pueden ocupar un espacio que no les corresponde:
el espacio donde nace la vida psíquica.
Si las usamos con conciencia,
si las dejamos en su lugar -herramienta, no vínculo-
la infancia conserva su territorio misterioso,
su capacidad de imaginar,
su derecho a un mundo humano
antes de uno digital.
Las pantallas forman parte del mundo en el que crecen los niños. No se trata de eliminarlas, sino de comprender la experiencia emocional que el niño vive a través de ellas.
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