La oscuridad es una experiencia que el niño necesita poder habitar con seguridad.

La oscuridad, para muchos niños, es la ausencia momentánea del mundo tal como lo conocen.
Cuando se apaga la luz, cambian las formas, los sonidos, los contornos.
El cuerpo queda más solo consigo mismo.
La imaginación se enciende justo cuando los ojos ya no alcanzan.
Por eso la oscuridad asusta.
No porque haya algo ahí,
sino porque ya no está lo que sostenía:
la mirada,
el gesto reconocible,
la escena cotidiana que ordena.
En la oscuridad, el niño no ve si el adulto sigue ahí.
Y aunque lo sepa “con la cabeza”,
el cuerpo todavía necesita comprobarlo.
Muchos miedos nocturnos no hablan de monstruos.
Hablan de separación.
De la dificultad
de confiar en que el vínculo permanece
aunque no esté a la vista.
Por eso algunos niños piden luz,
o una puerta entreabierta,
o una voz que responda desde el otro cuarto,
o que alguien se quede un poco más.
Es construcción.
La confianza no aparece de golpe.
Se arma lentamente,
a partir de experiencias repetidas
en las que el miedo no fue subestimado.
Decirle “no pasa nada” no hace sentido.
Porque sí pasa algo:
pasa que el niño siente miedo.
Acompañar la oscuridad es dale forma.
Con una luz tenue,
una rutina que se repite,
una presencia disponible,
un objeto que acompañe,
una canto que acurruque.
La valentía se construye cuando el miedo fue primero alojado.
Con el tiempo,
esa voz que estuvo,
esa luz que acompañó,
esa presencia que no desapareció,
se vuelve interna.
La oscuridad deja de ser abismo
y se vuelve noche.
Si la oscuridad paraliza,
si el miedo crece en lugar de disminuir,
si invade la vida diaria,
es señal de pedir ayuda.
No para corregir al niño,
sino para entender qué necesita para sentirse a salvo.
Dormir sin miedo no es un logro que se dé rápido.
Es el resultado de haber sido sostenido
cuando el mundo se apagaba.
Descubre más desde Sostener la infancia
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.