Presencias que hacen posible que la realidad pueda ser vivida sin romperse.

Aunque lo parezca.
Aunque suceda en una casa,
en un cuarto a oscuras,
en una madrugada con un bebé en brazos,
en una cocina donde alguien intenta que un niño coma,
en una sala de espera,
en un pasillo de escuela.
Sostener no es “una madre”.
Sostener no es “una persona” aislada.
Sostener no es sacrificio.
Sostener es una tarea comunitaria.
Porque ninguna crianza ocurre en el vacío.
La vida psíquica de un niño no se arma sólo con amor:
se arma con tiempo,
descanso,
seguridad,
continuidad,
recursos,
adultos varios.
Y eso no depende de la voluntad.
Depende de condiciones.
Depende de si hay red o no.
Depende de si hay alguien que releve.
Depende de si existe una guardería confiable,
un/a cuidador/a confiable.
Depende de si hay abuelos disponibles o hay migración y desarraigo.
Depende de si hay trabajo con horarios humanos o jornadas imposibles.
Depende de si hay dinero para comer bien o sólo para sobrevivir.
Depende de si hay acceso a la salud o es una pesadilla el sistema.
Depende de si la ciudad permite caminar sin miedo o si la calle es amenaza.
Depende de si hay un Estado que cuide o un Estado que abandone.
Cuando decimos “sostener la infancia” no hablamos sólo de afecto.
Hablamos de política.
Porque el sostén se rompe cuando la vida se vuelve invivible.
Y ahí aparece una trampa cruel:
cuando el sistema falla,
se le exige a la madre que sea el sistema.
Que compense lo que falta con su cuerpo.
Que cubra la precariedad con paciencia.
Que tape la violencia con amor.
Que resuelva la desigualdad con “resiliencia”.
Pero sostener no es aguantarlo todo.
Sostener no es adaptarse a lo inhumano.
Sostener es hacer que un niño no tenga que pagar con su cuerpo
las fallas del mundo adulto.
Por eso necesitamos instituciones que sostengan:
escuelas que no humillen,
hospitales que no maltraten,
espacios públicos que no expulsen,
trabajos que no devoren a los cuidadores,
políticas que entiendan que la infancia no es un asunto privado,
sino un bien común.
Necesitamos redes que sostengan:
vecinas que ayuden,
amigas que lleguen,
comunidades que no juzguen,
tribus reales, no frases motivacionales.
Porque un niño no crece sólo en una familia.
Crece en un clima social.
Y cuando ese clima está atravesado por precariedad, desigualdad, violencia, incertidumbre,
la infancia respira eso.
Lo incorpora.
Lo sueña.
Lo actúa.
Lo somatiza.
A veces el síntoma infantil no es “del niño”.
Es del entorno.
Es del mundo.
Es de una casa que hace lo que puede en condiciones imposibles.
Por eso sostener la infancia es también sostener a quienes cuidan.
Darles tiempo,
respaldo,
alivio,
comunidad.
No para que sean perfectas.
Sino para que no estén solas.
Porque la soledad en la crianza no es un detalle.
Es una forma de violencia.
Y ningún bebé debería nacer en un mundo donde el cuidado sea una hazaña individual
y la ternura una excepción.
Sostener no es privado.
Sostener es un trabajo común.
Cuando lo común falla,
la infancia lo paga
y las madres también.
Deseo que aquí podamos generar un tejido de cuidadorxs y cuidados.
No estas sola.
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