Mi hijo casi no come

Comer es nutrirse y también es una forma en que el cuerpo y el vínculo se encuentran.

Cuando un niño “no come” o come muy pocas cosas, la mesa se vuelve un campo de batalla.
No solo por la comida.
Por lo que se juega alrededor.

Quien cuida se preocupa.
Se activa la urgencia: ¿y si no crece?, ¿y si se enferma?, ¿y si le falta algo?
Y a veces, sin querer, la comida deja de ser alimento y se vuelve examen.

Pero muchos niños no están diciendo “no” a la comida.
Están diciendo “no” a algo que su cuerpo vive como demasiado.

A algunos les cuesta lo nuevo.
La textura, el olor, la mezcla, la temperatura.
Lo que a un adulto le parece mínimo, para un niño puede sentirse invasivo.
No por maña: por sensibilidad.

Otros niños se vuelven selectivos cuando están tensos.
Cuando hay cambios.
Cuando hay separaciones.
Cuando hay una emoción grande circulando.
En esos momentos, controlar lo que entra al cuerpo puede sentirse como una forma de volver a tener borde.

Y hay niños para quienes comer se vuelve una escena cargada:
miradas encima, insistencia, negociación, premios, amenazas, ruegos.
Entonces la comida ya no es encuentro: es presión.
Y el cuerpo se cierra.

En muchos casos, el problema no es “qué come”, sino cómo se vive ese momento.
Si el niño siente que tiene que defenderse.
Si el adulto siente que tiene que ganar.

Por eso, cuando aparece la selectividad, suele ayudar pensar esto:
la alimentación no es solo nutrición.
También es relación, ritmo, confianza, autonomía en construcción.

Un niño pequeño todavía está aprendiendo a regularse.
Y la boca es una frontera muy sensible.
No todo el mundo puede “probar tantito” sin que el cuerpo se ponga en alerta.

Acompañar no es forzar.
Tampoco es rendirse.
Es sostener un marco donde el comer pueda ir siendo posible, poco a poco, sin convertirlo en lucha.

Y también es importante decirlo:
esto cansa.
Desespera.
Agota.

Hay días en que una se siente observada por la propia mesa.
Como si cada comida fuera una prueba.

No estás sola en eso.

Cuando la selectividad es muy marcada, cuando hay pérdida de peso, mucha angustia, arcadas, vómito, miedo intenso a comer o el repertorio se reduce cada vez más, conviene buscar ayuda.

No para etiquetar al niño, sino para entender qué lo está volviendo tan difícil: sensibilidad, tensión, historia del vínculo, momentos de cambio.

Un niño selectivo no es un niño “caprichoso”.
Muchas veces es un niño que necesita que la comida vuelva a sentirse segura.

Y eso no se logra con pelea.
Se logra con tiempo, con calma prestada, con una presencia que no empuja.

A veces, acompañar no es lograr que coma.
Es sostener la mesa
como un lugar habitable,
mientras su cuerpo aprende a confiar.


Descubre más desde Sostener la infancia

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario