Cuando el contacto se vuelve difícil

La dificultad de contacto es una forma relacional que puede abrir sentido sobre lo que el niño está necesitando comunicar.

Cuando un niño se repliega,
cuando deja de mirar,
cuando el contacto se vuelve esquivo
o parece perderse algo que antes estaba,
es comprensible que el mundo se vuelva una pregunta urgente.

Algo duele.
Algo asusta.

Y entonces aparece una necesidad muy humana:
encontrar una causa clara.
Algo concreto.
Algo que explique.
Algo que, al menos por un momento, tranquilice.

Muchas madres y padres han pasado por ahí.
Pensar que hubo un instante preciso en el que todo cambió.
Un antes y un después.
Un acontecimiento que permita decir:
esto fue lo que pasó.

No para señalar culpables,
sino porque cuando hay una causa clara,
el miedo parece ordenarse un poco.

Pero el desarrollo emocional no avanza en línea recta.
No es una suma de hitos que, si algo falla, se rompe para siempre.

Hay ritmos.
Hay repliegues.
Hay defensas.

Hay maneras muy tempranas de protegerse
cuando el mundo se vive como demasiado intenso,
demasiado invasivo,
demasiado difícil de tramitar.

Algunos niños, desde muy pequeños,
encuentran refugio cerrando un poco las puertas.
No porque algo haya ocurrido en un único momento,
sino porque esa fue la forma posible de sentirse a salvo.

Cuando se habla de estas experiencias
como si tuvieran una causa única y precisa,
suele aparecer un alivio momentáneo.

Pero ese alivio dura poco.
Porque aun creyendo haber encontrado una explicación,
el niño sigue ahí,
con su manera singular de estar en el mundo.
Y la pregunta vuelve.

No todo lo que duele tiene una explicación simple.
No todo lo que asusta tiene un origen único.

Y eso no habla de un error de los padres.

A veces, buscar una causa es una forma de no quedar solos
frente a lo más difícil:
aceptar que hay aspectos de la experiencia humana
que no se pueden controlar del todo,
ni prevenir del todo,
ni corregir del todo.

Aceptar que amar a un niño
también implica convivir con lo que no entendemos completamente de él.

Acompañar a un niño que se repliega
no es encontrar la explicación correcta.
Es sostener la relación.

Es ir aprendiendo, poco a poco,
qué lo calma,
qué lo desorganiza,
qué lo ayuda a sentirse un poco más seguro.

Es respetar sus modos de protección
sin convertirlos en una condena.
Es no forzarlo a ser otro.

No se trata de romper lo que lo cuida.
Se trata de que ese refugio no sea tan solitario.

Ofrecer presencia sin invasión.
Ritmo sin empuje.
Palabras sin exigencia.

Hay discursos que prometen respuestas rápidas
y soluciones definitivas.
Suelen sonar convincentes cuando el cansancio es grande.

Pero la experiencia cotidiana con un niño enseña otra cosa:
que lo importante no es tener todas las respuestas,
sino poder estar.

Estar cuando el contacto es posible
y cuando no lo es.
Estar sin explicar de más.
Estar sin apurarse a entender.

Un niño no es un problema a resolver.
Es una vida buscando cómo sostenerse.

No estás fallando por no saberlo todo.
A veces, lo más valioso que se puede ofrecer
no es una explicación,
sino una presencia suficientemente confiable
para que, poco a poco,
el mundo deje de sentirse solo como una amenaza.


Descubre más desde Sostener la infancia

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario