Cuando la realidad no coincide con la idea

Todo vínculo comienza con una imagen. Pero el encuentro verdadero empieza cuando aparece el niño real.

Antes de que un hijo llegue, siempre hay una imagen.

No siempre es clara ni consciente, pero está ahí: una forma de ser, un modo de estar, una expectativa suave o precisa sobre cómo será ese niño.

Esa imagen se arma con deseos, historias propias, recuerdos de la propia infancia, mandatos familiares, ilusiones silenciosas.

No es un error.

Es parte del vínculo incluso antes de que exista.

Luego llega el niño real.

Con su cuerpo, su ritmo, su manera particular de sentir y reaccionar.

Y a veces, no coincide con aquello que se había imaginado.

No siempre se nota enseguida.

A veces aparece en pequeños desencuentros cotidianos:

cuando algo se vuelve más difícil de lo esperado,

cuando la crianza no fluye,

cuando hay más cansancio que disfrute,

cuando el amor no alcanza para calmar la frustración.

Ese desajuste puede doler.

Y suele vivirse en silencio.

No porque no se quiera al hijo.

Sino porque querer también implica renunciar a una idea.

Y toda renuncia tiene algo de pérdida.

A muchos adultos les cuesta reconocer esto.

Porque temen que pensar así los hace malos cuidadores.

Entonces aparece la culpa, o el esfuerzo por forzar una imagen que ya no encaja.

Pero el lazo no se construye con hijos imaginados.

Se construye con hijos reales.

Aceptar que un niño no es como se esperaba no es abandonarlo.

Es empezar a mirarlo de verdad.

Escuchar quién es, cómo siente, qué necesita, más allá de la fantasía inicial.

Ese movimiento no ocurre de una vez.

Es un proceso lento, irregular, lleno de idas y vueltas.

Hay días en los que se logra.

Y otros en los que vuelve la comparación, el enojo, la tristeza por lo que no fue.

Todo eso también forma parte de la experiencia emocional de la infancia.

Porque los niños perciben, incluso sin palabras, cuándo se les pide ser otra cosa.

Y también cuándo se les da permiso para ser quienes son.

Acompañar a un hijo real implica soltar, poco a poco, la imagen ideal.

No para resignarse, sino para abrir espacio a un vínculo más verdadero.

Uno que no exija encajar, sino existir.

Y ese trabajo también necesita ser sostenido.


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