El momento de separarse

Separarse es confiar en los ritmos de presencia y ausencia.

Las separaciones no siempre llegan de golpe.

A veces se anuncian en pequeños gestos: un cuerpo que se tensa, una mano que no quiere soltarse, una mirada que busca asegurarse de que alguien va a volver.

Separarse no es solo irse.

Es atravesar un momento en el que el vínculo se pone a prueba.

Para un niño, separarse implica confiar en algo que todavía no puede sostener del todo por dentro.

Por eso hay separaciones que duelen más de lo esperado.

Aunque sean breves.

Aunque estén pensadas.

Aunque “no pase nada grave”.

No es raro que, frente a una separación, aparezcan lágrimas, enojo, regresiones, silencios.

No porque el niño no pueda.

Sino porque está intentando hacerlo.

Separarse es un aprendizaje lento.

No ocurre de una vez y para siempre.

Se ensaya.

Se retrocede.

Se vuelve a intentar.

A veces el adulto se pregunta si está haciendo algo mal.

Si se fue demasiado rápido.

Si se quedó demasiado tiempo.

Si acostumbró de más o de menos.

Pero no hay una medida exacta para separarse.

Hay vínculos singulares, historias distintas, momentos sensibles.

Para muchos niños, lo difícil no es la distancia en sí, sino la incertidumbre.

No saber del todo cuándo ni cómo volverá aquello que se ama.

Por eso la separación se vive con el cuerpo antes que con palabras.

Acompañar una separación no siempre calma.

A veces solo sostiene el tránsito.

Estar disponible, nombrar la ausencia, ofrecer continuidad, ayuda a que esa experiencia no quede sola.

Separarse también mueve cosas en quien cuida.

Despierta culpa, tristeza, alivio, contradicción.

Todo eso forma parte del vínculo.

Con el tiempo, algo se va ordenando.

El niño empieza a guardar adentro la experiencia de que el otro vuelve.

No porque se le haya explicado, sino porque fue vivido.

Y entonces la separación deja de ser solo pérdida.

Empieza a volverse un espacio posible.


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