Ser suficiente

Sostener es la presencia que hace posible que la experiencia del niño se integre y se sostenga en el vínculo.

No existe la madre perfecta.
Y quizá eso sea una buena noticia.

La perfección no sostiene la infancia.
La vuelve rígida, asfixiante, imposible de habitar.

Un bebé no necesita un amor sin fisuras.
Necesita un entorno vivo.
Alguien que pueda recibir su caos y devolverle, poco a poco, una sensación de continuidad.
Alguien que esté, que falle un poco, y que vuelva.

Ser suficiente no es poder siempre.
Es poder a veces.
Y cuando no se puede, no desaparecer del todo.

En los primeros tiempos, quien cuida se adapta casi por completo al niño.
Adivina, anticipa, sostiene.
Le presta su cuerpo, su ritmo, su manera de estar en el mundo.
Durante un tiempo, el bebé vive una ilusión necesaria:
cuando siento algo, el mundo responde.

Esa experiencia funda confianza.
Pero no puede durar para siempre.

Poco a poco, el niño necesita encontrarse con la diferencia.
Con la espera.
Con el pequeño desencuentro que inaugura la realidad externa.

Acompañar ese pasaje no es fácil.
Implica retirarse un poco sin desaparecer.
Desadaptarse sin abandonar.
Ni demasiado rápido, ni demasiado tarde.

En ese vaivén —tan imperfecto como humano—
el niño empieza a tolerar la frustración,
a imaginar,
a construir un adentro propio donde estar sin derrumbarse.

Una presencia ideal, siempre disponible, siempre exacta, no ayudaría.
Cerrarían el espacio.
Impedirían la aparición de algo propio.

Quien cuida suficientemente se equivoca.
Se cansa.
Llega tarde a veces.
Pero vuelve.
Y en ese volver hay un rostro reconocible,
una ternura que no se retira,
un vínculo que persiste más allá del error.

No se trata de no fallar.
Se trata de que el fallo no rompa el lazo.

Lo que sostiene la infancia no es una continuidad perfecta,
sino una continuidad posible.

Criar es profundamente humano.
Está hecho de grietas, de pequeñas rupturas,
y de retornos que enseñan algo esencial:
que el mundo no es estable,
pero puede ser confiable.


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