Los llantos

El llanto es una forma de expresión que necesita ser acompañada desde la presencia.

Hay llantos que se entienden rápido.

Y hay otros que descolocan.

El niño llora y quien cuida busca una razón.

¿Tiene hambre?

¿Está cansado?

¿Le duele algo?

A veces no hay una respuesta clara.

Y eso inquieta.

En esos momentos suele aparecer una sensación difícil de nombrar: la de no saber qué hacer.

El cuerpo se tensa.

La cabeza se llena de preguntas.

Y el llanto, en lugar de calmarse, parece crecer.

No todo llanto viene con un mensaje que pueda traducirse enseguida.

Hay emociones que todavía no encontraron forma.

Que no saben decirse de otro modo.

Que aparecen como sonido, como movimiento, como desborde.

Para un niño pequeño, llorar no es un problema a resolver.

Es una manera de estar con lo que le pasa.

Y muchas veces necesita tiempo, presencia, cercanía para ir encontrando un borde.

Eso no significa que quien cuida tenga que saber siempre cómo responder.

Significa que no todo depende de hacer algo.

Hay momentos en los que sostener, estar cerca, ofrecer el cuerpo y la voz alcanza.

Aunque el llanto siga.

Aunque la calma no llegue de inmediato.

Acompañar un llanto también confronta al adulto con su propia incomodidad.

Con el deseo de que pare.

Con el apuro por aliviar.

Con el miedo de no estar pudiendo.

Nada de eso habla de falta de amor.

Habla de la dificultad que implica estar con la intensidad emocional de otro.

A veces el llanto necesita pasar.

No ser interrumpido.

No ser explicado.

Solo acompañado.

Y cuando eso ocurre, algo se va ordenando por dentro, sin que nadie tenga que empujarlo.


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