El desarrollo no depende solo de adquirir capacidades, sino de vivir en un tiempo propio.

A veces se confunde ayudar
con apurar.
Con llevar más rápido.
Con quitar el peso.
Con acortar el tiempo.
Pero acompañar no es eso.
Acompañar es no adelantarse
a lo que el otro todavía está aprendiendo a sentir.
Es aceptar que hay pasos
que no pueden saltarse
sin que algo importante se pierda.
El cuerpo necesita tiempo
para entender lo que le pasa.
El deseo también.
Por eso, muchas veces,
lo más valioso es quedarse cerca.
Cerca cuando hay duda.
Cerca cuando aparece el cansancio.
Cerca cuando parece que no pasa nada
y, sin embargo, algo se está moviendo.
Hay trabajos que no se ven.
Procesos que no hacen ruido.
Transformaciones que no anuncian su llegada.
La vida no siempre se presenta clara.
A veces llega confusa.
A veces duele.
A veces no se sabe bien qué es.
Y aun así,
hay un saber que solo se forma
si no lo interrumpimos.
Acompañar es confiar en ese tiempo.
En ese ritmo que no responde a la urgencia
ni a la expectativa de resultados.
No se trata de llegar.
Se trata de poder estar
mientras algo se transforma.
Y sostener sin apurar
—con presencia, con paciencia, con cuidado—
es una forma discreta,
pero profunda,
de amor.
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