Cuando siente vergüenza

La mirada del otro, el miedo a fallar y el delicado trabajo de no quedar expuesto

Hay momentos en que tu hijo baja la mirada.

Se esconde detrás de tu pierna.
No quiere hablar.
Se tapa la cara.

La vergüenza aparece cuando empieza a descubrir que es mirado.

Ya no es solo existir.

Es existir frente a alguien.

La vergüenza es señal de que está construyendo conciencia de sí.

Se percibe como alguien separado.
Alguien que puede fallar.
Alguien que depende de la mirada del otro.

Eso duele.

La vergüenza toca el miedo a perder el lugar en el amor.

A veces aparece después de un error.
Una risa de otros niños.
Una corrección pública.
Una comparación.

El cuerpo reacciona.
Se enrojece.
Se tensa.
Quiere desaparecer.

“Perdón” dice, pero no está pidiendo disculpas solamente.
Está preguntando algo más hondo:
¿sigues queriéndome cuando fallo?
¿sigo siendo valioso si me equivoco?
¿vas a mirar mi error o me vas a mirar a mí como si yo fuera el desastre?

Siente que ha quedado demasiado expuesto.

Como si por un instante dejara de ser digno de amor, de admiración o de amparo.

Por eso duele tanto.

Los niños se miran en el rostro de quienes los cuidan.
Ahí leen si son recibidos,
si son soportables,
si son demasiado,
si son queridos,
si decepcionan.

No se trata de corregir o aplaudir,
sino de que el límite no humille.
De que la corrección no arrase.
De que un error no se vuelva una caída total de su valor.

A veces la vergüenza ordena.
Otras veces, lastima.

Cuando ordena, enseña que no todo puede hacerse en cualquier lugar,
que hay una intimidad del cuerpo,
que convivir con otros implica ciertas reglas.

Ayuda a entrar en el mundo compartido.

Cuando lastima, se pega al alma.
Aparece cuando el niño siente que sólo merece amor si brilla, si acierta, si cumple, si no molesta, si no llora, si no pierde, si no se enoja demasiado, si no es “difícil”.

Esa vergüenza aplasta.

Hay quien no quiere hablar delante de otros porque siente que se va a equivocar.
Quien rompe en llanto cuando pierde un juego.
Quien se enfurece desmedidamente cuando algo no le sale.

La niña que dice “soy tonta”.
La que sonríe mientras la humillan.
El que después de una rabia intensa, queda tomado por la vergüenza.

Es una dificultad para soportar la propia insuficiencia.

¿Cómo intervenir como adultos?

No es lo mismo decir “qué torpe eres” a “se cayó el vaso, vamos a limpiarlo”.
No es lo mismo decir “no pasa nada” que ayudar a nombrar lo que duele.

La vergüenza necesita amparo antes que juicio.

Acompañar a un niño avergonzado implica
no rescatarlo de toda incomodidad,
pero tampoco abandonarlo a una mirada que lo aplaste.

Implica ayudarlo a descubrir que equivocarse no lo vuelve indigno.
Que perder no lo borra.
Que no poder todo no lo hace menos querible.
Que hay una diferencia entre lo que hizo y lo que es.

A veces sostener la infancia consiste
en ofrecer una mirada donde no quede fijado a su peor momento.

Una mirada en la que pueda ser visto sin quedar marcado,
corregido sin ser humillado,
limitado sin sentirse rechazado.

Porque un niño no necesita ser perfecto.
Necesita que alguien lo ayude a no romperse cuando descubre que no lo es.


Descubre más desde Sostener la infancia

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario