Lo que el embarazo despierta

Entre la ilusión y la incertidumbre, el trabajo psíquico del embarazo

Babuska Fotografía

Una mujer sale de un ultrasonido. Escucha el latido. Se conmueve hasta las lágrimas.

Luego, en su casa, vienen otras lágrimas. No sabe bien por qué. No es tristeza exactamente. Tampoco es sólo alegría. Es una mezcla difícil de nombrar.

Ahí empieza el embarazo, también.

Hay una idea muy instalada del embarazo como etapa de plenitud. Como si fuera un tiempo naturalmente armónico, orientado hacia la dicha.

Pero el embarazo desordena.

No sólo el cuerpo. También la vida psíquica.

Serge Soulé dice que el embarazo es un periodo de reorganización psíquica intensa. No es únicamente la preparación para recibir a un hijo. Es un tiempo en el que algo de la propia historia se reactiva.

Algo del pasado vuelve.

Se vuelven más presentes ciertas escenas de la infancia.
La relación con la propia madre cambia de tono.
Aparecen preguntas que antes no estaban en primer plano:

¿Cómo me cuidaron?
¿Voy a ser igual que ellos?
¿Voy a poder?

El embarazo introduce un futuro y, al mismo tiempo, reabre el pasado.

Y en ese movimiento, algo de la identidad se tambalea.

La mujer que una era antes del embarazo ya no encaja del todo. Pero la que empieza a ser tampoco está construida. Hay un entre. Un tiempo sin forma definida.

Por eso puede sentirse como crisis.

No en el sentido de que algo esté mal,
sino en el sentido de que algo se desordena.

Se alteran las referencias habituales.
Se intensifican los afectos.
Lo que antes parecía claro, ahora no lo es tanto.

Puede haber entusiasmo y, casi sin transición, momentos de duda. Puede aparecer la ilusión y, junto a ella, el miedo. La certeza de querer a ese hijo y, al mismo tiempo, la pregunta silenciosa: ¿podré hacer esto?

Esa ambivalencia no es un fallo.

Es estructural.

Porque lo que está en juego no es sólo la llegada de un bebé. Es una transformación más profunda: la reorganización del lugar desde el que una mujer se piensa a sí misma.

Y eso implica también una pérdida.

Se pierde algo de la vida anterior.
De la libertad tal como se conocía.
De ciertas formas de habitar el tiempo y el cuerpo.

No se nombra.
Pero se siente.

A veces como cansancio que no es sólo físico.
A veces como irritabilidad.
A veces como una extrañeza difícil de compartir.

En ese punto, hay algo importante de sostener:
no hay una forma correcta de vivir el embarazo.

Hay procesos singulares.
Hay tiempos distintos.
Hay experiencias que no encajan en las imágenes idealizadas.

No toda mujer se siente inmediatamente conectada con su bebé.
No toda mujer se siente feliz todo el tiempo.
Y eso no la vuelve menos madre.

Más bien muestra que algo real está ocurriendo.

El embarazo no es sólo la espera de un hijo.
Es también el tiempo en que una mujer empieza a transformarse.

Y esa transformación no sucede en calma.

Exige atravesar una zona de desorden,
de ambivalencia,
de pérdida de referencias.

Parir es partirse.

Esa partida forma parte del trabajo psíquico necesario.

Porque, en muchos casos,
para poder hacer lugar a un bebé,
primero hay que soportar
que algo de una misma
se mueva,
se abra,
y deje de estar en su lugar.


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