El juego es una forma en que el niño organiza su experiencia emocional.

El juego es el idioma de la infancia.
Ahí el niño prueba el mundo.
Lo crea. Lo transforma.
Ahí puede ser grande y pequeño al mismo tiempo.
Puede perder y reparar.
Irse y volver.
Es un vaivén.
El juego es el lugar donde organiza lo que vive.
Pero, ¿qué pasa cuando deja de jugar?
Cuando se sienta frente a los juguetes, pero no sabe qué hacer con ellos.
Ordena, clasifica, guarda.
Saca todos los juegues sin jugar con ninguno.
Cuando repite una misma escena sin poder crear nuevas.
O cuando prefiere las pantallas
Porque ahí no tiene que inventar nada.
Porque ahí el mundo ya está hecho.
Jugar nace de un espacio interno que se siente lo suficientemente seguro para crear.
Para jugar, el niño necesita poder alejarse un poco de la realidad.
Para eso necesita sentir que el mundo no lo invade por completo. Necesita un marco.
Cuando ese marco se estrecha, el juego se reduce.
No es que no quiera jugar.
Sino que algo en su interior está ocupado en otra tarea más urgente: sostenerse.
El juego reanuda cuando el niño recupera ese espacio interno.
Entonces ya no necesita estar alerta todo el tiempo y puede descansar dentro de sí.
De pronto una caja se transforma en casa.
Un muñeco habla.
Una historia comienza.
Y con ella, algo del niño también vuelve.
Porque jugar no es una actividad más.
Es una señal de que el mundo interno está vivo.
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