La noche puede activar experiencias que el niño aún no puede simbolizar en palabras.

La noche no es solo la continuación del día.
Para un niño, es otro territorio.
Cuando la luz se apaga y el mundo externo se retira,
algo del adentro queda más expuesto.
El cuerpo se afloja,
la vigilancia cae,
y lo que durante el día pudo mantenerse en segundo plano
aparece sin pedir permiso.
Las pesadillas y los terrores nocturnos suelen llegar ahí.
No como fallas,
sino como intentos.
Intentos del psiquismo infantil de tramitar algo que todavía no tiene palabras.
En las pesadillas, el miedo toma forma.
Hay imágenes, escenas, fragmentos de historia.
El niño despierta asustado
porque algo fue soñado.
En los terrores nocturnos, en cambio,
el miedo no tiene figura.
No hay relato posible.
El cuerpo entra en alarma
y parece solo con eso que irrumpe.
No hay recuerdo al día siguiente
porque todavía no hay representación.
Es un trabajo nocturno.
El niño no está “soñando mal”.
Está intentando ligar emoción y experiencia
Muchas veces, lo que aparece en la noche
no es lo extraordinario,
sino lo cotidiano no digerido:
una separación,
un enojo que no se dijo,
un cambio,
una tensión,
una vivencia que fue demasiado intensa para ser pensada.
La noche amplifica.
Por eso estos episodios suelen inquietar tanto a los padres.
Porque confrontan con algo que no se puede controlar,
ni explicar del todo,
ni calmar con palabras rápidas.
No hay nada que “corregir” en el niño.
No hay nada que interpretar.
Hay una vida psíquica en movimiento.
Con el tiempo,
cuando el niño va pudiendo alojar mejor sus emociones,
cuando el mundo se vuelve más previsible,
cuando algo del sostén se internaliza,
la noche se ordena.
No porque deje de haber miedos,
sino porque ya no desbordan.
Las pesadillas y los terrores nocturnos
no son un enemigo del sueño.
Son una señal de que el psiquismo está trabajando
en un momento en que el cuerpo se permite soltar.
A veces, dormir es posible
cuando alguien
ha podido acompañar y ser acompañado.
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