Impulsividad

Cuando el impulso aparece antes que la palabra, el cuerpo intenta hacer un trabajo que el pensamiento aún no puede sostener.

La impulsividad suele nombrarse cuando algo desborda.
Cuando el cuerpo va más rápido que la palabra.
Cuando no hay pausa posible entre el impulso y la acción.

Desde afuera, puede verse como descontrol.
Desde adentro, muchas veces es urgencia.

No actúa porque no quiera pensar.
Actúa porque todavía no puede esperar a hacerlo.

El impulso aparece antes de que haya representación.
Antes de que el deseo pueda armar una frase.
Antes de que el yo tenga tiempo de organizar una respuesta.

En la infancia, el pensamiento no nace completo.
Se construye en relación.
Primero alguien piensa por el niño,
pone palabras,
marca ritmos,
presta un marco.
Con el tiempo, ese sostén se vuelve interno.

Cuando ese proceso está en curso
el cuerpo responde.

La impulsividad suele aparecer en momentos de exceso:
demasiada estimulación,
exigencia,
emociones circulando.

No habla de mala intención.
Habla de un psiquismo que todavía no logra detenerse sin perderse.

Por eso, exigir autocontrol como si ya estuviera disponible
suele aumentar la tensión.
El cuerpo escucha esa exigencia como presión,
y responde con más descarga.

La impulsividad también puede ser un modo de no desarmarse.
Moverse, actuar, tocar, interrumpir,
a veces es la manera que el niño encuentra
de no quedar solo con algo que lo invade.

Cuando el niño puede apoyarse en alguien que no se asusta de su intensidad,
cuando encuentra un marco suficientemente estable,
cuando la experiencia emocional empieza a poder pensarse,
el impulso se transforma.

No desaparece la energía.
Se hace vivible.

La impulsividad no es lo contrario del pensamiento.
Es su antecedente.

Un modo temprano, corporal,
de decir que todavía hace falta tiempo
para que la pausa pueda nacer.

A veces, el gesto se adelanta
porque el pensamiento
aún está llegando.


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