La inquietud aparece cuando la expresión del niño no coincide con lo que el entorno esperaba encontrar.

Cuando un niño o una niña expresa su género de un modo que no encaja con lo esperado,
algo se mueve en la familia.
A veces es sorpresa.
A veces miedo.
A veces confusión.
Otras, una inquietud difícil de nombrar.
No siempre se trata de rechazo.
Muchas veces es desconcierto:
¿esto significa algo?,
¿es una etapa?,
¿estamos haciendo algo mal?,
¿hay que corregir?,
¿acompañar?,
¿esperar?
Las expresiones de género en la infancia no son declaraciones cerradas.
Son exploraciones.
Formas de jugar con el cuerpo, con la ropa, con los gestos, con los nombres, con los lugares posibles del ser.
La identidad no está fijada.
Se arma probando.
Ensayando.
Imitando.
Inventando.
Para muchos niños, jugar con el género es una manera de habitar su vitalidad,
de apropiarse del cuerpo,
de investigar qué se siente ser esto… o aquello.
El problema rara vez está en el niño.
Suele aparecer en el entorno:
en las miradas que se tensan,
en las bromas incómodas,
en el intento de normalizar rápido,
en el apuro por definir.
Cuando la familia se inquieta, conviene detenerse ahí.
Preguntarse:
¿qué nos asusta?,
¿qué ideas propias se activan?,
¿qué historias, mandatos o miedos entran en juego?
Acompañar no es empujar a que el niño “defina”.
Tampoco es imponer silencio o corrección.
Acompañar es dejar espacio.
Espacio para que el niño juegue sin ser analizado.
Para que se vista, se nombre, se exprese sin sentir que decepciona.
Para que no tenga que cuidar a los adultos de su incomodidad.
Eso no significa que todo sea claro o sencillo.
Los adultos también necesitan tiempo.
Conversar.
Pensar.
Pedir ayuda si hace falta.
Lo que daña no es la diversidad.
Lo que daña es la vergüenza,
la burla,
la prohibición sin palabras,
la sensación de que hay algo “mal” en lo que uno es.
Un niño no necesita que sepamos exactamente quién será.
Necesita sentir que puede ser sin perder el amor.
cuando no se apresura a corregir ni a etiquetar,
Cuando el entorno acompaña sin invadir,
el niño puede explorar con más calma,
con menos angustia.
Y lo que hoy inquieta,
muchas veces mañana se ordena.
No porque se haya reprimido,
sino porque fue vivido en un clima de calma.
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