Cuidar puede abrir una forma nueva de estar en el mundo.

Hay adultos que sostienen a un bebé con una suavidad que no conocieron.
Que acompañan un llanto con paciencia, aun cuando nadie acompañó el suyo.
Que ofrecen calma desde un cuerpo que aprendió tarde -o nunca- lo que era ser calmado.
No lo hacen para corregir el pasado.
Ni para compensar una falta.
Lo hacen porque, al cuidar, algo se mueve.
La historia temprana no determina la vida.
La marca, sí.
Pero no la encierra.
El vínculo con un bebé abre a veces una experiencia nueva.
No hacia atrás,
sino hacia adentro.
Una forma distinta de estar con la vulnerabilidad.
De alojar lo frágil sin huir.
De sostener sin endurecerse.
Cuidar a un bebé no repara la infancia que no se tuvo.
Pero puede abrir un espacio donde algo de esa experiencia encuentre, por primera vez, lugar.
Cuando un adulto puede mirar a un bebé con ternura, aun cargando sus propias heridas,
algo se reacomoda.
No porque el bebé cure,
sino porque la presencia auténtica convoca zonas internas que habían quedado dormidas.
Ofrecer sostén despierta algo.
Una capacidad de estar.
De sentir sin desbordarse.
De no repetir automáticamente lo recibido.
La vulnerabilidad del bebé toca la del adulto.
A veces duele.
A veces conmueve.
A veces asusta.
Pero también puede despertar potencia.
La posibilidad de inventar un modo propio de cuidar,
sin copiar, sin obedecer, sin quedar atrapado en lo que fue.
No se trata de cerrar heridas.
Ni de “sanar” el pasado.
Se trata, a veces, de elegir un gesto distinto.
Un gesto que no repite el desamparo.
Un gesto que ofrece continuidad donde antes hubo cortes.
Cuando un bebé recibe un cuidado suficientemente bueno,
no está recibiendo perfección.
Está recibiendo presencia.
Y cuando un adulto cuida desde ahí,
no está pagando una deuda con su historia.
Está inaugurando otra forma de estar en el vínculo.
Algo más respirable.
Más habitable.
Más propio.
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