La ilusión de la técnica en el cuidado del bebé

El ruido de las recomendaciones y la fragilidad de la experiencia

“Families belong together” de Nhung Le

Hay algo que cambia radicalmente cuando nace un bebé.

No sólo el cuerpo.
No sólo el tiempo.

También el lugar del saber.

De pronto, todo el mundo sabe.

La enfermera.
La pediatra.
La suegra.
La amiga.
El blog de internet.
El libro.
La app.

Todos tienen algo que decir.

Y casi siempre, algo que corregir.

No duerme lo suficiente.
Duerme demasiado.
Come poco.
Come mal.
Está muy cargado.
Le falta contacto.
Hay que dejarlo llorar.
No hay que dejarlo llorar.

Las indicaciones se acumulan.

Se contradicen.

Se superponen sin orden.

Y en lugar de orientar, desorganizan.

Lo que aparece no es un saber más claro,
sino una forma nueva de angustia.

Porque la madre queda en una posición imposible:

siempre hay otra manera mejor de hacerlo.

Siempre hay algo que no está haciendo bien.

Siempre hay un ideal implícito al que no llega.

Y ese ideal cambia según quién hable.

No hay criterio estable.
No hay punto de apoyo.

Sólo una circulación constante de prescripciones.

En ese contexto, algo se debilita.

La confianza en la propia experiencia.

La posibilidad de registrar:
¿qué le pasa a este bebé?
¿qué me pasa a mí con este bebé?

En lugar de eso, se instala una pregunta constante:

¿lo estaré haciendo bien?

No es una pregunta abierta.
Es una pregunta que ya viene con juicio.

Y que muchas veces se responde desde afuera.

Esto no es menor.

Porque el cuidado de un bebé no se sostiene sólo con información.

Se sostiene con una forma de lectura.

Una lectura singular.

De ese cuerpo.
De ese llanto.
De esos ritmos.

Ningún manual puede anticipar eso del todo.

Ninguna recomendación sirve igual para todos.

Sin embargo, el discurso contemporáneo empuja en otra dirección.

Promete que hay una forma correcta.

Un modo óptimo.

Una técnica adecuada para cada cosa:

para dormir,
para comer,
para estimular,
para criar.

Y cuando esa técnica no funciona
la falla recae sobre la madre.

No sobre el modelo.

Esto produce un efecto clínico claro:

madres cada vez más informadas
y cada vez más inseguras.

Mamás que saben mucho
pero confían poco en lo que perciben.

Mamás que consultan constantemente
porque ningún saber termina de sostenerse.

No se trata de rechazar el conocimiento.

Pero sí de ubicar su límite.

Un bebé no es un problema técnico.

No se resuelve aplicando correctamente una serie de pasos.

Hay algo del orden del encuentro
que no puede estandarizarse.

Y hay algo del orden del no saber
que es necesario.

Porque es ahí donde puede aparecer la pregunta verdadera:

¿qué necesita este bebé?

No el bebé en general.
No el bebé de los libros.

Mi bebé.

Y esa pregunta no siempre tiene respuesta inmediata.

A veces se prueba.
A veces se falla.
A veces se insiste.

En ese movimiento se construye algo.

No una técnica perfecta.

Sino una relación.

Por eso, más que agregar indicaciones,
falta aliviar la exigencia de hacerlo todo bien.

Y abrir un margen.

Un margen donde no todo esté dicho.

Donde no todo esté corregido.

Donde la madre pueda, poco a poco,
empezar a saber algo.

No desde afuera.

Sino desde su experiencia.


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