Sostener la vida en común también se aprende en la infancia.

— ¿Por qué la marcha? ¿Es una lucha contra los hombres?
Mar hizo estas pregunta camino a la escuela, mirando por la ventana después de escuchar algo sobre la marcha en la radio. En la escuela les habían pedido llevar fotos de mujeres que marcaron la historia.
La pregunta quedó suspendida en el aire.
Definitivamente no es una lucha contra los hombres. Pero ¿cómo responder?
¿Hay que explicar la violencia?
¿Hay que hablar de opresión?
¿Hay que dialogar sobre los derechos?
La pregunta no es qué decirles sobre la marcha, sino qué queremos transmitir cuando hablamos de los movimientos sociales.
El 8 de marzo no es solo una fecha política. Puede ser la oportunidad para hablar de algo fundamental: la ética del cuidado del otro.
Crecer consiste en aprender a reconocer al otro.
Ese reconocimiento es el comienzo de la educación. Es cuando una niña o un niño empieza a comprender:
que las otras personas existen,
que su cuerpo importa,
que su dolor importa,
que su dignidad importa.
Durante mucho tiempo las mujeres han vivido agresiones, abusos o silencios que el mundo consideró normales.
No se trata solo de violencias aisladas, sino de una cultura que durante siglos ha enseñado que el cuerpo de las mujeres puede ser dominado o disciplinado.
Salir a las calles el 8M también es una manera de interrumpir esa historia. Es una manera de decir que no más.

Cuando hablamos con las infancias sobre la violencia no lo hacemos para asustarlas.
Lo hacemos para transmitirles una brújula.
Una brújula que dice: nadie tiene derecho a humillar, dominar o dañar.
Una brújula que dice: cuidar la vida del otro también es responsabilidad nuestra, porque de ese cuidado depende la posibilidad misma de la vida en común.
Sin embargo, cuidar no es algo que aparezca espontáneamente.
Ese aprendizaje empieza en las primeras experiencias de cuidado.
En la manera en que una niña o un niño es sostenido.
En la manera en que su cuerpo es respetado.
En la manera en que las personas adultas marcan límites.
Por ejemplo, cuando una madre se sacrifica constantemente o piensa “esto me incomoda, pero no puedo decir que no”, también está transmitiendo algo sobre el cuidado, los límites y el respeto.
Educar implica criar niñas y niños con una brújula calibrada hacia el bien común.
Una brújula que permita reconocer la injusticia.
Decir no cuando algo es abusivo.
Ponerse en los zapatos de quien está en desventaja.
La infancia es el lugar donde aprendemos, por primera vez, que la vida del otro también nos concierne.
En la manera en que hablamos, en la manera en que escuchamos, se va formando algo profundo: una sensibilidad hacia los demás.
Por eso el 8 de marzo puede ser también una oportunidad para pensar con las infancias:
Marchamos porque cuidar la vida de los otros también es nuestra responsabilidad.
Ahí empieza la ética.
Y quizá ahí empiece también la posibilidad de un mundo distinto.
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