Mi hijo no para

La inquietud también es una forma en que el cuerpo organiza la experiencia.

Decir “mi hijo no para” suele aparecer cuando algo desborda.
Nace del cansancio, de la preocupación, a veces de la culpa, a veces del miedo a estar haciendo algo mal.

Detrás de esa frase casi siempre hay un adulto que intenta sostener.
Que prueba recursos.
Que observa.
Que se compara.
Que se pregunta si lo que ve es demasiado,
si es normal,
si va a pasar.

Conviene empezar por ahí.
No por el niño, sino por la escena en la que esa inquietud se vuelve problema.

La inquietud, en sí misma, no es un problema.
Es movimiento.
Es vitalidad.
Es cuerpo que busca, que explora, que descarga,
que todavía no sabe del todo cómo esperar,
cómo anticipar,
cómo poner en palabras lo que lo empuja desde adentro.

En muchos niños pequeños, el cuerpo piensa antes que el lenguaje.
Se mueven para organizarse.
Para sentir límites.
Para comprobar que el mundo responde.

Cuando ese sostén no alcanza

-cuando falta borde, ritmo, previsibilidad-
el movimiento puede volverse más intenso,
más desordenado,
más difícil de acompañar.

A veces la inquietud no habla solo del niño.
Habla también del clima que lo rodea.

Días largos.
Pantallas.
Adultos agotados.
Rutinas frágiles.
Horarios que se corren.
Exigencias que llegan antes de tiempo.

No como acusación, sino como contexto.

El niño no vive aislado.
Su cuerpo responde a un mundo que también está inquieto.
Además de preguntarse qué le pasa al niño,
habrá que observar:
qué está pasando alrededor,
qué ritmo se perdió,
qué sostén se volvió insuficiente,
qué tiempos se aceleraron sin querer.

Hay niños que se mueven mucho porque necesitan descargar tensión.
Otros porque buscan contacto y no saben cómo pedirlo.
Otros porque todavía no pueden jugar solos
y necesitan al otro para organizar su experiencia.
Otros porque algo los sobreestimula
y no encuentran cómo apagarse.

La inquietud no tiene una sola causa
ni un solo sentido.

Reducirla a un rasgo del niño empobrece la lectura
y suele cerrar demasiado pronto la posibilidad de acompañar.

Sostener no es frenar a la fuerza
ni exigir calma como mandato.
Sostener es ofrecer un marco
donde el cuerpo pueda ir encontrando regulación.

Ritmos previsibles.
Espacios para moverse sin reproche.
Tiempos de juego libre.
Presencia disponible.
Palabras que nombren sin juzgar.

A veces el niño no necesita que lo corrijan,
sino que alguien le preste, por un rato,
un poco de calma,
de continuidad,
de límite amoroso.

Y también es importante decirlo:
hay momentos en que la inquietud cansa de verdad.

El adulto también tiene un cuerpo.
Un umbral.
Un límite.

Pedir ayuda, relevarse, parar, descansar, consultar,
no es fracasar como madre o padre.
Es reconocer que criar necesita sostén compartido,
no heroísmo.

Cuando la inquietud es persistente,
cuando impide el juego, el descanso, el lazo,
cuando el niño parece no poder estar
ni con otros ni consigo mismo,
ahí sí conviene detenerse más.

Mirar con otros.
No para etiquetar rápido,
sino para comprender mejor.

Comprender siempre abre más que diagnosticar.

Un niño inquieto no es un niño malcriado.
Es un niño en trabajo.

Volver a esa idea suele aliviar:
no hay algo roto que arreglar,
sino un proceso que necesita tiempo,
mirada
y acompañamiento.


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