Por qué la pubertad puede sentirse como un túnel

En la pubertad, el cuerpo cambia, el deseo irrumpe y el adolescente debe encontrar una forma propia de atravesar ese territorio desconocido.

La adolescencia no es una continuación prolija de la infancia.
No es una escalera que se sube peldaño a peldaño.

Es una irrupción.
Un corte.
Un momento en el que lo que antes sostenía deja de hacerlo del mismo modo,
y el cuerpo empieza a sentirse extraño, imprevisible, demasiado presente.

Muchos adolescentes viven este tiempo como un túnel.
Un pasaje oscuro donde no hay luz previa,
donde no se ve con claridad hacia dónde se va,
y donde no alcanza con seguir indicaciones conocidas.

En ese túnel, el joven tiene que abrirse camino desde dos lados al mismo tiempo.

Por un lado, está la salida hacia el mundo.
Encontrar un lugar entre otros.
Responder —o esquivar— las preguntas que empiezan a aparecer:
qué vas a hacer, qué vas a ser, dónde encajas.
Es el intento de armar una identidad visible, reconocible, compartible.

Pero esa salida no alcanza por sí sola.

Porque hay otra, más silenciosa y más exigente.
La salida hacia lo íntimo.
Hacia el cuerpo que cambia sin pedir permiso.
Hacia el deseo que empuja sin explicación.
Hacia sensaciones nuevas que desordenan, avergüenzan, asustan o excitan.

Ahí el cuerpo deja de ser un lugar conocido.
La piel, el sueño, el hambre, la mirada sobre sí, todo se mueve.
Y aparece una pregunta difícil de decir en voz alta:
¿qué hago con esto que me pasa?

En la pubertad se rompe una cierta continuidad.
Lo que en la infancia podía esperar, ahora apura.
Lo que antes se calmaba con palabras, ahora desborda.
No porque el adolescente sea exagerado,
sino porque algo real irrumpe y pide ser alojado.

Por eso este tiempo no es una transición suave.
Es un trabajo de invención bajo presión.

Hay adolescentes que parecen salir solo por un lado.
Cumplen, rinden, se adaptan, hacen lo esperado.
Pero por dentro se sienten desconectados del cuerpo, del deseo, de sí mismos.

Y hay otros que quedan tomados por la intensidad, por la angustia o por el goce,
pero no logran encontrar ningún borde hacia el mundo:
no hay proyecto, no hay ritmo, no hay futuro que se sienta posible.

La metáfora del túnel ayuda a no olvidar algo importante:
ahí no hay un camino iluminado.
No hay respuestas listas.
Hay trabajo a ciegas.

Eso cambia la manera de mirar.
La pregunta deja de ser “¿por qué no se comporta?”
o “¿por qué no entiende?”.

Pasa a ser otra:
¿qué salida está intentando abrir?
¿desde dónde está excavando?
¿qué parte del túnel se le derrumba una y otra vez?

Muchas veces, lo que llamamos “síntoma” es un intento.
Torpe, doloroso, a veces riesgoso,
pero intento al fin,
de hacer un agujero donde no lo había.
De crear un borde cuando todo parece sin forma.

Acompañar la adolescencia no es señalar el camino correcto.
No es iluminar con una linterna y decir “por aquí”.

Es sostener presencia.
Tiempo.
Palabras que no apresuren.

Porque salir del túnel no es encontrar la respuesta correcta.
Es encontrar una forma propia.
Una manera singular de habitar el cuerpo que llegó,
de arreglárselas con el deseo que empuja,
y de entrar al mundo sin perderse del todo.


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