En la pubertad, el cuerpo puede sentirse como algo que se habita, pero todavía no se reconoce como propio.

Hay un momento en la adolescencia en que el cuerpo deja de sentirse propio.
No porque esté enfermo,
sino porque cambió.
Llega sin pedir permiso.
Crecen zonas que antes no estaban.
Aparecen olores, impulsos, sensaciones nuevas.
El sueño se altera.
La piel se vuelve más visible.
La mirada sobre uno mismo se vuelve más dura.
El cuerpo, que en la infancia era un lugar más o menos conocido,
empieza a sentirse como un extranjero.
Algo que se habita, pero no se comprende del todo.
Algo que reacciona, excita, duele, empuja,
a veces sin palabras.
Muchos adolescentes viven esta experiencia en silencio.
No siempre saben cómo decir lo que les pasa.
A veces ni siquiera saben que eso *les pasa*.
Solo sienten incomodidad.
Vergüenza.
Extrañeza.
Ganas de esconderse o, por el contrario, de mostrarse de golpe.
No es contradicción.
Es desconcierto.
El cuerpo puberal no llega con instrucciones.
Y tampoco con tiempo.
Lo que cambia, cambia rápido.
Y obliga a rearmar la relación con uno mismo mientras el mundo sigue exigiendo respuestas.
Por eso, a veces, el adolescente parece irse del cuerpo.
Se desconecta.
Lo tapa con ropa amplia o con exposición excesiva.
Lo castiga.
Lo ignora.
O queda tomado por él, sin distancia posible.
Nada de eso es capricho.
Es un intento de arreglárselas con algo que todavía no se siente propio.
Para el adulto que acompaña, puede ser difícil entenderlo.
Surgen preguntas, preocupaciones, alarmas.
A veces también incomodidad frente a un cuerpo que ya no es infantil,
pero tampoco del todo adulto.
Acompañar este momento no implica explicar el cuerpo ni normalizarlo todo.
Implica reconocer que algo se volvió extraño.
Y que eso lleva tiempo.
El cuerpo necesita ser habitado de nuevo.
Paso a paso.
Con torpeza.
Con ensayo y error.
Necesita palabras que no invadan.
Miradas que no juzguen.
Presencias que no apuren a entender ni a definirse.
Cuando el cuerpo se vive como extranjero,
el vínculo puede funcionar como un punto de anclaje.
No para apropiarse de ese cuerpo,
sino para que el adolescente no quede solo frente a él.
Con el tiempo -no de manera lineal, no sin tropiezos-
algo se acomoda.
El cuerpo deja de ser pura sorpresa.
Empieza a sentirse un poco más propio.
No porque haya dejado de cambiar,
sino porque encontró un lugar donde ser alojado.
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